segunda-feira, 29 de maio de 2023

A guerra contra a objetividade no jornalismo

 



Assuntos como o racismo, os direitos das mulheres ou as 'mudanças climáticas' exigem qualquer coisa, menos neutralidade, sustentam os inimigos da objetividade. Nos EUA, há um encarniçado debate de alcance global. Iker Seisdedos para El País:


Periodistas, la objetividad ha muerto. Reporteros, editores, críticos de medios y académicos llevan algún tiempo pidiendo una oración por su alma en periódicos, revistas y universidades estadounidenses. No son todos: los hay que opinan que la noticia de esa muerte es, como la de Mark Twain, sencillamente exagerada. El debate no es nuevo, pero está tan vivo en esta sociedad polarizada que últimamente lo parece.

En una trinchera de las así llamadas “guerras de la objetividad” están quienes defienden que llegó el momento de jubilar un concepto centenario que definió (como una imposibilidad a la que aspirar) el teórico del periodismo Walter Lippmann en su clásico Liberty and the News (La libertad y las noticias, 1920). En él describía un tiempo asombrosamente parecido al nuestro, en el que “la gente ya no reacciona a las verdades, sino a las opiniones”. Lippmann pedía a los reporteros que no sirvieran a ninguna causa “por buena que fuera” y proponía aplicar métodos científicos para profesionalizar los medios, hasta entonces transparentemente partidistas. Hizo tanta fortuna la propuesta que el ideal de la objetividad —que, según el diccionario Merriam-Webster, consiste en “expresarse a partir de hechos sin la distorsión de sentimientos personales, prejuicios o interpretaciones”— se instaló en el centro de las redacciones estadounidenses.Más información

Entre los defensores de que así siga siendo destacan el exdirector de The Washington Post Marty Baron o el editor de The New York Times, A. G. Sulzberger. “No habrá un futuro que valga la pena si nuestra profesión abandona la independencia […], [suma de] justicia, imparcialidad y (por usar quizás la palabra más tensa y discutida en el periodismo) objetividad”, escribió Sulzberger hace dos semanas en Columbia Journalism Review, foro que ha centrado gran parte de la conversación. Su largo y documentado artículo le sirvió también para defender a su diario. Una institución, como las demás, en pleno cuestionamiento.

Los críticos con esa visión del heredero de una de las familias más poderosas de los medios sostienen que la objetividad es un ideal fijado hace demasiados años por un puñado de hombres blancos y ricos como él y que en una sociedad (y en unas redacciones) cada vez más diversas sólo sirve para perpetuarlos en la cúspide. También consideran que vivimos tiempos extraordinarios que exigen medidas extraordinarias. La desinformación campa a sus anchas; para sobrevivir, la televisión por cable ha diluido las fronteras entre hechos y opiniones; la tiranía del clic lo confunde todo, y algunos políticos atacan a los medios acusándolos de “propaganda socialista” y de dedicarse al negocio de las fake news. Ante tal panorama, no tiene sentido, dicen, seguir aparentando que se busca la objetividad en asuntos urgentes como el racismo, los derechos de las mujeres y los colectivos LGTBI o el cambio climático, temas en los que solo uno de los dos puntos de vista se alinea con otro ideal aún más urgente: la defensa de la democracia. Pretender que el medio (o el periodista) no tiene un punto de vista sobre esos temas no solo es absurdo, añaden esas voces, sino también peligroso, pues inclinan la información hacia el ambosladismo o el falso equilibrio (bothsidesism), concepto popularizado, escribe Sulzberger, por el teórico y consumado polemista Jay Rosen.

“El problema [de buscar siempre las dos versiones] llega cuando vives en un país en el que uno de los partidos [el republicano] decidió hace tiempo inundar la plaza pública con declaraciones falsas, mentiras y estupideces”, explicó recientemente a EL PAÍS Rosen, académico de la Universidad de Nueva York (NYU son sus siglas en inglés), en una entrevista por Zoom. Según ese razonamiento, esos políticos se aprovechan de que los medios tradicionales están obligados a dar voz a “la otra parte” para difundir sus discursos extremos.

Ese manual de instrucciones del discurso político, nacido en Estados Unidos, hace tiempo que permeó también en las agendas de ciertos líderes europeos de tendencia iliberal y encuentra su caldo de cultivo perfecto en prácticas perezosas como el así llamado “periodismo de declaraciones” o en lo que Sulzberger denomina “el periodismo al límite de la hora de entrega”: “Insertar una cita de cada parte es una forma rápida y sencilla de aparentar equidad”.

El entonces presidente de EE UU Donald Trump sostiene un ejemplar de 'The Washington Post' en el que se lee "Trump absuelto", el 6 de febrero de 2020.

Un informe de la Universidad del Estado de Arizona vino en enero a armar a Rosen y el resto de los que consideran que el viejo ideal estuvo bien mientras duró. Sus promotores, Leonard Downie Jr., el director que sucedió al legendario Ben Bradlee al frente del Post, y Andrew Heyward, expresidente de CBS News, entrevistaron a 75 influyentes personajes del sector, que estuvieron bastante de acuerdo en que “los medios que buscan la verdad deben superar lo que sea que la ‘objetividad’ llegó a significar para producir noticias que inspiren confianza”. Las comillas son del artículo de opinión del Post en el que Downie Jr. compartió las conclusiones del estudio, que citaba opiniones como la del director de San Francisco Chronicle, Emilio García-Ruiz (“La objetividad debe terminar”), o la de Kathleen Carroll, ex directora ejecutiva de la agencia AP. “Objetivo, ¿según qué estándar?”, se preguntaba, “ese estándar parece ser blanco, ilustrado y bastante adinerado…, cuando la gente no se reconoce en la cobertura de los medios es porque no entran en ese grupo”. Jaleado por ese coro de voces, Downie Jr. concluía que tenía la impresión de estar “ante el principio de un cambio generacional” en el periodismo estadounidense, un ecosistema cuyo poder de influencia en el resto del mundo sigue siendo, pese a todo, imbatible.

El ‘efecto Trump’

Baron, otro exdirector del Post (que antes lo fue de The Boston Globe, donde dirigió al equipo de reporteros que destapó los abusos de la Iglesia en un trabajo que inmortalizó la oscarizada Spotlight), respondió en las mismas páginas con un artículo titulado ‘Queremos jueces y médicos objetivos. ¿Por qué no también periodistas?’. “La objetividad no siempre se logra. El hecho de no conquistar esos estándares no elimina su importancia”, continuaba. “No los vuelve anticuados. Los hace más necesarios. Y requiere que los apliquemos de manera más consistente y los hagamos cumplir con más firmeza”. En un texto que empezaba admitiendo que la suya es una toma de postura “terriblemente impopular en la profesión”, Baron también decía: “A aquellos que piden que los medios sean explícitamente prodemocráticos les diría: todos los diarios en los que he trabajado lo eran […]. ¿Cómo se les ha podido pasar ese detalle?”.

En su bando también milita David Greenberg, historiador del periodismo de la Universidad Rutgers y autor en el número de primavera de 2021 de la revista Liberties de una extensa defensa de la objetividad, como “el intento incesante de corregir la subjetividad y, por tanto, acercarse a lo que personas de diversos puntos de vista pueden estar de acuerdo que es la verdad”. En una entrevista, Greenberg recordó la semana pasada que siempre ha habido un lugar para el periodismo que “toma partido en revistas de izquierda o publicaciones que hablan de la experiencia de ser negro, gay o judío”. “Nadie dice que deba desaparecer esa forma de contar el mundo a partir de una determinada agenda. Son dos modelos que llevan décadas conviviendo: lo que defendemos es que instituciones como The New York Times o Associated Press sigan siendo esos lugares a los que ir para obtener una información confiable y precisa de los hechos noticiosos, antes de pasar al debate político sobre las implicaciones de esos acontecimientos”.

Tal vez lo único en lo que ambos lados están de acuerdo es en lo que hace que todo esto sea algo más que la versión periodística de una discusión sobre el sexo de los ángeles: Donald Trump. La decana de la prestigiosa Escuela Newmark de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY, en inglés), la argentina Graciela Moch­kofsky, explicó este martes en una conversación telefónica que los cuatro años de Trump en la Casa Blanca hicieron saltar por los aires el manual de instrucciones de los medios tradicionales, que tardaron en reaccionar al hecho de que mintiera tan descaradamente. La discusión sobre la objetividad toma mayor relevancia, según la periodista, en vista de que se avecina una nueva pelea entre Trump y Biden. ¿Darán los medios tradicionales las dos versiones al informar sobre el expresidente y sus seguidores, que siguen creyendo mayoritariamente el bulo de que los demócratas robaron las elecciones en 2020? ¿Contarán algo que pueda afectar a las aspiraciones de Biden a sabiendas de que eso cabreará a sus lectores y beneficiará a Trump, un presidente que se ha probado peligroso para la democracia y los ideales que como medio defienden?

Mochkofsky también aclaró que estas son preguntas que ni se plantean en entornos decididamente partidistas como el de Fox News. Quedó de nuevo demostrado con la demanda interpuesta por la empresa de máquinas de recuento electoral Dominion, que la cadena de Rupert Murdoch, acusada de difundir bulos perjudiciales sobre las elecciones de 2020, resolvió con un pago para evitar el juicio de 787,5 millones de dólares. Lo que trascendió del sumario del caso dejaba claro que sus periodistas no creían las mentiras que estaban diciendo sobre el supuesto robo electoral de 2020, pero que sencillamente no podían contradecir a su audiencia ni, por tanto, perjudicar al negocio. (En clave española, y salvando las distancias, el episodio recuerda a la frase del presentador Antonio García Ferreras recogida en un audio del comisario Villarejo sobre un supuesto escándalo de corrupción que afectaba a Pablo Iglesias, entonces secretario general de Podemos: “Yo voy con ello, pero esto es muy delicado y es demasiado burdo. Es demasiado burdo”).

Pareció también cuestión de negocio la decisión de la CNN de emitir recientemente una polémica entrevista en la que un grupo de electores hacían preguntas (y reían las gracias) a Trump en una cadena cuyos propietarios dicen que ha emprendido un viaje desde la izquierda hacia el centro. La ocasión permitió al expresidente soltar durante más de una hora una batería de sus mentiras sin apenas filtro ni oposición, y volvió a poner sobre la mesa la pregunta de si los medios han aprendido la lección de la cobertura de la campaña que lo llevó en 2016 a la Casa Blanca.

La imparcialidad exigida

El periodista trans Lewis Raven Wallace se teme que no. Por seguir con la analogía bélica, podría decirse que su despido de la radio pública es al estallido de las guerras de la objetividad lo que el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando al inicio de la I Guerra Mundial. El motivo de ese despido fue la publicación en su blog en 2017, poco después de la toma de posesión de Trump, de un texto titulado ‘La objetividad ha muerto, y por mí está bien’. El texto cuestionaba la insistencia de la prensa seria en esa aspiración “noble, pero inalcanzable” en un momento en el que el presidente “cree en ‘hechos alternativos’ y se nutre de mentiras, incluida la mentira de la superioridad racial blanca”. El programa para el que trabajaba consideró que no podía continuar en su puesto por la imparcialidad que exige a sus periodistas.

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